El Sr. Francisco yacía en su cama, su rostro estaba
cubierto por lágrimas y en sus ojos podía verse dolor y arrepentimiento. Esa
mañana, estando en el jardín, sintió un dolor como nunca antes, sintió que su
pecho se comprimía impidiéndole respirar; la vista se le nublaba y el mundo
parecía dar vueltas. Un nudo en la garganta le impedía emitir cualquier sonido
y aunque hubiera podido dar un grito de auxilio, de nada hubiera servido, la
casa estaba vacía. Pensó en recostarse en su cama hasta que el dolor
desapareciera, se levantó de la mecedora y abandonó el jardín.